Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

lunes, 13 de julio de 2026

Relato XXIV - Las tijeras









Aquel día de verano comenzó como tantos otros, pero pronto se tiñó de una humillación que me quemaba la piel por dentro. Sor Aura Marina me condujo con severidad silenciosa hasta su oficina, un cubículo austero que olía a cera y a tiza. Allí, bajo la luz pálida de una bombilla, su voz gélida me reprendió. Cada palabra era un alfiler que clavaba en mí la conciencia de mi falta, y el castigo que siguió -inevitable, público- hizo que el rostro me ardiera de vergüenza. Al salir, mis pasos resonaron en el pasillo vacío como latidos de culpa.

Entonces, una rabia ciega, hirviente, se apoderó de mí. Tras caminar apenas tres metros, me detuve. Me quité un zapato con manos temblorosas, volví la cabeza hacia la puerta que acababa de cruzar y, con un gesto brusco de desafío, lo lancé contra aquel símbolo de autoridad. Pero Sor Aura, ajena al proyectil infantil, cerró la puerta en el instante preciso. El zapato golpeó la madera con un golpe sordo, seco, que quebró el silencio del corredor. La puerta se abrió de inmediato. Sus ojos, antes serenos, se abrieron con asombro y luego se nublaron de indignación. Sin mediar palabra, se acercó, me tomó de la oreja con mano firme y, tras unos correazos que sentí más en el alma que en la piel, me arrastró directamente a la peluquería del internado.

Allí, ante el peluquero impasible, ordenó que me raparan. Las tijeras crujieron cerca de mis oídos, y me vi transformado en la burla que todos conocerían como el “pato bravo”: casi todo al rape, salvo un mechón absurdo y rebelde en la frente. Al verme en el espejo, sentí que me despojaban no solo del cabello, sino de la dignidad. La humillación era un peso frío en el pecho. Huyendo de las miradas, corrí a esconderme a la finca, entre el musgo y la sombra de los árboles, y allí, solo, dejé que el llanto ahogado rompiera en silencio.

No sé cómo Txanba, mi hermano gemelo, supo encontrarme. Pero llegó, como si un hilo invisible lo guiara hasta mi refugio. Se acercó sin prisa, vio mi rostro marcado por las lágrimas y el cabello mutilado. No hizo preguntas. Solo posó su mano en mi hombro y, con una calma que calmó mi tormenta, me dijo: “Ven”.

Me llevó de vuelta a la peluquería. Frente al mismo barbero, con una serenidad que cortaba el aire, pidió: “Córteme a mí igual el cabello”. Y ante mis ojos incrédulos, las tijeras volvieron a sonar, esta vez sobre su cabeza, dejando en su frente el mismo mechón ridículo, el mismo “pato bravo”. Al terminar, se levantó, nos miramos en el espejo y, de pronto, ya no éramos uno humillado y el otro intacto. Éramos dos. Éramos iguales.

La vergüenza, que me había oprimido como una losa, se quebró y se desvaneció. La humillación dejó de ser solo mía para ser compartida, y al compartirla, se transformó en algo distinto: en compañía, en lealtad silenciosa. La carga se hizo ligera porque ya no la llevaba solo.

Aún hoy, años después, me pregunto cómo supo mi hermano que aquel gesto, simple y radical, bastaría para sanar la herida. No hubo razones, ni palabras, ni lógica que lo explicara. Solo el conocimiento profundo, antiguo y callado, de quien ha compartido desde el principio el mismo latido. Cosas de gemelos, ciertamente. Esos hilos invisibles que tejen, entre dos almas, un refugio contra el mundo.

aapayés