Y si el cielo es una herida que inventamos
para no caer del todo,
un engaño piadoso
que nos presta su nombre
mientras la tierra nos quema los pies.
Dante no bajó: despertó.
Y el infierno estaba ahí,
en el beso del Papa
que huele a incienso y a sangre,
en la mano del político
que firma la paz
con la pluma del verdugo.
Me dijo: No hay abismo,
solo esta calle que devora tus pasos,
este senado
que escupe leyes como hostias podridas,
este parlamento
donde el alma se subasta
y el eco de los pobres es un ruido molesto.
Y entonces el cielo -si existe-
no es más que un grito
que se pudre en la garganta,
un espejo empañado
donde Dios se asoma
y no se reconoce.
Creer es un acto de desesperación:
asir la sombra,
nombrar lo que no arde,
trazar un círculo de luz en el lodo
mientras el mundo entero
es un infierno que respira.
aapayés

