Me bebí tus besos
en un solo sorbo de infinito,
y un colibrí -pequeño dios de vértigo-
posó su fuego en mis labios.
Su aleteo, dulce y casi inaudible,
se hizo raíz en la punta de mis dedos,
y de esa tierra fértil
brotó la poesía.
Bebí tu tiempo,
esa mezcla de aurora y sombra,
de amor y de silencios que no callan.
Tus ojos, perdidos como pájaros sin rumbo,
buscaban entre mis caricias
un verso que llevar a cuestas.
Ojalá la vida sea solo eso:
un aleteo perpetuo,
un temblor de alas contra el pecho,
como el colibrí que aún hojea
mis labios abiertos
y en cada latido lee poesía.
Bebo el cáliz tibio de tu cuerpo,
casi un susurro, casi un sueño,
y en ese centro diminuto
donde el colibrí anida sus ansias,
siento que tus piernas
son dos ramas que tiemblan
al compás de sus caricias.
Me bebí tus besos
como el vino bebe la luz de la tarde,
como la noche bebe el último pájaro,
como el tiempo, sin prisa,
se bebió el alma
de tu presencia
hasta volverse eterno.
aapayés

