El ombligo de mi niñez
lo anclé como un barco diminuto
entre amapolas que no saben de orillas,
en un rincón que ya no tiene madre,
en el exilio de otros cuerpos
que nunca aprendieron el idioma del amor.
Y fui cazador de mariposas amarillas
en los otoños rotos de Pulgarcito,
pequeño modo de no hundirme,
miniatura de fuego en el manicomio
donde la dicha se viste de harapos.
El ombligo de mi niñez
lo disparé como un cohete de hilo
por el bosque de infancia
que aún llora en el orfelinato,
donde jugaba a la muerte con otros
ombligos que nadie recuerda.
Ah, qué poesía nació de ese ombligo,
qué río de versos sin mapa
caminó por las veredas húmedas
de una caricia que nunca llegó.
Dibujé sílabas huérfanas,
palabras con los pies descalzos,
con la inocencia torpe de un niño
que pateaba un balón de trapo
creyendo que cada gol
era un pequeño sol
y lo callaba para no asustar al mundo.
El ombligo de mi niñez,
al final,
se quedó dormido
en la sábana blanca de un hospital,
sin nadie que lo mirara,
sin nadie que supiera
que allí,
en ese pliegue de piel olvidada,
se escondía toda la memoria del cielo.
aapayés

