Déjame ser agua
que busca tu sed en la noche,
húmeda senda de musgo y luna,
donde el eco se vuelve carne
y la carne, memoria.
Que tus bordes se abran
como fruta en la sombra,
como grieta en el mármol
por donde asoma el fulgor.
Y yo beba el centro
de tu pulso más hondo,
ese latido que no tiene nombre,
ese río que corre hacia dentro.
Que el placer sea la palabra,
el gemido, su respuesta,
y el instante se doble
como un espejo roto
que refleja lo que aún no ocurre:
tus dedos trazando mapas
en mi espalda de niebla,
mi aliento deshaciendo
el reloj que nos mide.
Déjate ir,
que estos minutos sean
un paisaje sin nombre
donde dos cuerpos
se inventan un idioma
de saliva y vértigo,
de pétalos y abismo.
Y en esa complicidad
que no se dice,
donde el tacto es un sueño
y el sueño, un tacto,
que todo lo posible
nos encuentre desnudos
y enteros,
flotando en la misma burbuja
de tiempo suspendido,
donde el deseo no pide permiso,
solo se abre como el mar
al borde del cielo.
Porque en el fondo de esta noche
no hay tú ni yo,
solo una respiración doble,
un latido que inventa su ritmo,
y la lentitud de lo eterno
cayendo en tu boca
como un fruto prohibido
que nunca termina de caer.
aapayés

