Escribo el silencio
como un pájaro que no existe
a la nostalgia que no sangra,
con la voz que el alma no tiene:
insípida, olvidada,
náufraga sin agua
en el océano terco
de un latido sin cuerpo,
un amor que fue poesía
antes de ser palabra.
Grito con ironía de luna que no alumbra
los puntos matutinos
en la arena que no espera.
Allí, qué caricia,
qué dibujo,
qué ojos tiernos si la pasión
es un eco de un verso
que nunca ardió.
Escribo el silencio que ya escribí.
Lo ahogo en el océano de ninguna vida
para que flote la poesía que nunca llega,
ni siquiera como un verso mojado
por la lluvia que no cae,
recíproca de ceniza que no quema.
Lo busco en un mar que no recuerda
donde un barco de papel olvida
el río de un llanto sin beso
-otro beso que no-
que siempre esperó a nadie.
Insisto entre sueños que me sueñan:
la poesía no corre, no corría, no correrá
por estas venas que no tengo
si hubiera dibujado con los dedos que me faltan
la silueta de un amor esperado por nadie
para copular tentaciones sin cuerpo
en la cama obscena donde la escritura
no escribe.
Escribo el silencio.
Y lo hago versos que no son ceniza
en el pasillo que no lleva a ninguna existencia,
en esas calles que nunca conocí
porque nunca estuve,
agarrado a la inocencia
de unos deseos que me sueñan.
Escribo.
Y grito sin voz
en un espejo que no refleja
la soledad que no es mía.
Ella es, al fin,
una patria de sombras
donde los versos
no son versos
y el silencio
se escribe solo.
aapayés

