Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

jueves, 14 de mayo de 2026

Relato XXIX - Un ladrillo esperando en la pared








La vida en el hogar se organizaba en grupos. Cada uno estaba bajo el mando de un orientador, una figura de autoridad absoluta que dictaba las reglas. Nuestro deber diario era mantener impoluta una zona asignada de la vasta propiedad.

Nuestra área era un lugar singular: dominada por una estructura de cemento curva y alargada que, en la imaginación de algún niño, había recibido el nombre de "el gusano". Su forma evocaba los rieles de una montaña rusa petrificada. Junto a ella, en un rincón sombrío, se encontraba una pecera antigua y vacía, custodiada por un pequeño bosquecillo de bambú. Estas plantas, de un verde intenso, eran nuestra pesadilla: sus hojas, finas y lanceoladas, caían en un goteo constante, cubriendo el suelo como un persistente manto amarillento. A pesar de ello, teníamos que barrer la zona hasta dejarla limpia, y así lo hacíamos cada tarde.

El orientador de nuestro grupo era el Sr. Bermúdez. Un hombre que había servido en el ejército y llevaba la disciplina militar grabada a fuego en el carácter. Su revisión era nuestro juicio final. Inevitablemente, para cuando él pasaba su mirada escrutadora, nuevas hojas habían volado desde los bambúes, manchando la perfección que exigía.

Al caer la noche, cuando ya debíamos estar durmiendo, su voz áspera nos reunía. Formábamos una fila frente a él, en pijama, bajo la luz fría de un bombillo. Allí comenzaba el sermón: un regaño metódico y humillante por las hojas que él había encontrado, por nuestra "negligencia". Pero el discurso era solo el preludio.

El castigo seguía. Nos ordenaba desnudarnos. Luego, debíamos ponernos en cuclillas, manteniendo la posición durante lo que parecían horas. Los músculos ardían, las piernas temblaban. Algunos niños caían al suelo exhaustos; otros rompían a llorar. El Sr. Bermúdez recorría la fila. Al que flaqueaba, lo golpeaba con la hebilla de su ancho cinturón de cuero, que silbaba antes de impactar.

Pero había más. El muro del dormitorio, de cemento gris, tenía a la altura de un metro setenta una hilera de lo que llamábamos "ladrillos calavera". Eran bloques con orificios cuadrados y diagonales, cuyos bordes superiores, hacia el interior, eran afilados como cuchillas. Bermúdez nos agarraba por la espalda, nos levantaba y nos forzaba a colgarnos de esos bordes cortantes, sosteniendo todo el peso del cuerpo en los diminutos dedos. El filo se clavaba en las palmas. Al soltarnos, caíamos al suelo, una altura de 2 metros, con las manos marcadas, a veces sangrando. Y entonces, antes de que pudiéramos reaccionar al dolor, llegaban los golpes del cinturón en la espalda y las piernas.

Otro de sus castigos favoritos eran los tirones de oreja. No eran pellizcos, sino arranques brutales. Agarrando el lóbulo, tiraba de él con tanta fuerza hacia arriba que la piel fina bajo la oreja se desgarraba. La sangre caliente bajaba por el cuello de la camisa, una humillación tangible.

Vivencias, siendo apenas niños de 7 años, recién salidos de la sala cuna. Éramos criaturas pequeñas, con uniformes que nos quedaban grandes, aprendiendo que el mundo estaba hecho de reglas inflexibles, hojas imposibles de vencer y el filo de un ladrillo esperando en la pared.

aapayés