Enciendo el verso de amor
como se enciende la entrepierna al recordarte.
Es la tentación que no se esconde,
la que desnuda el deseo
hasta dejar los huesos calientes.
Quiero acariciar tu cuerpo
no con la mano
-mentira tibia-
sino con la lengua húmeda de las erres.
La enciclopedia de la vida
no tiene página para esto:
un amor incalculable
que ni la razón ni el sexo miden.
Pasión que desorienta,
que me empuja a escribir un poema
mientras seduzco tus ojos -dos vulvas abiertas-
y tus pensamientos -dos muslos que ceden.
Leo la perversa tentación
que hay en mí.
No es poesía pura:
es saliva, es vientre, es hambre.
Al desnudarte en versos
te arranco la ropa letra por letra.
Te veo.
No tu alma.
Tu carne mojada.
Y mis dedos -articulaciones de lujuria-
acarician uno a uno los poros de tu desnudez.
Los cuento como se cuentan las horas antes de follar.
Luego bajan.
Luego abren.
Luego huelen tu sexo antes de nombrarlo.
Acaricio el fluido deseo de tus labios
-no los de la boca,
los otros,
los que saben a principio del mundo-
y los hago míos
no con palabras bonitas,
sino escribiendo poesía sucia,
la que se escribe con las caderas pegadas al papel.
Que la complicidad perversa de tenerte
en versos
sea el principio
de un amor sin tapujos:
un amor que se corre
antes del punto final.
Dejemos volar la imaginación -
mejor:
bajémonos los pantalones de la sintaxis.
Enséñame el gemido que esconden tus comas.
Yo te enseñaré el mío:
ese punto y seguido
que nunca termina
porque siempre vuelvo a entrar.
aapayés

