Poesía lenta
-de esa que lame el cielo con pereza-
desvistió sin prisas
la pradera tibia de tu cuerpo,
y un relámpago de dedos
desordenó el ritmo de las cosas.
El rayo, aún húmedo,
perdió el rumbo de la sombra
-porque la poesía ya había mordido
tu desnudez-,
y tu piel fue entonces
un sueño dentro de otro sueño,
un país imaginario
donde la lluvia besa
lo que aún no ha tocado.
Yo, mientras,
me dejo hundir en esa niebla,
escribo con los ojos cerrados,
sin tu nombre,
pero con tu forma,
y a pesar del vacío,
a pesar de la noche que gotea,
enciendo un relámpago pequeño
con la poesía en la boca.
Y al final,
la misma poesía de antes
-más densa, más obscena-
vuelve a ceñirse
a tu ausencia,
como quien venda una herida
con un beso que no llega.
aapayés

