En Sensuntepeque existía un aire denso, una tensión latente en la convivencia entre los presos comunes y los militares, quienes ocupaban el primer sector. Todo transcurría con la normalidad y la calma aparentes de aquellos días, hasta que llegó un momento en que los reclusos comunes comenzaron a urdir entre dientes, en voz baja, el plan de dar muerte a un hombre que había pertenecido a la guardia, un preso militar. Fue entonces cuando yo, sin desearlo, de manera accidental, me vi envuelto en aquel conflicto que hervía entre unos y otros.
Debía cumplir unos asuntos en el sector militar: necesitaba entrevistarme con un preso común, y aquella era la única manera de hablar con él. En medio del trayecto me topé con ese guardia. Era un hombre de contextura fornida, macizo, de una estatura que rondaba entre el metro ochenta y cinco y el noventa. Le pedí permiso para pasar; él negó con la cabeza, en ademán provocador, y yo, con brusquedad, me abrí paso. Fue entonces cuando comenzó a restarme, a decirme que quería golpearme, que peleáramos a puñetazos. Me mantuve siempre en la reserva, tratando de evitar el enfrentamiento, hablándole para hacerle ver que no era necesario llegar a los golpes.
En ese momento nos hallábamos en un pasillo de peligro notorio, y allí me acorraló. Comenzó a golpearme, y yo no tuve más remedio que defenderme. No sé bien cómo fue que intentó apuñalarme; yo le desvié el brazo, esquivé el golpe y me libré de él. En eso, otro militar, amigo suyo, intervino diciendo: “No, no, no, ni lo toques, ni siquiera lo enfrentes, porque si le causas una lesión a un preso político te vas a ganar una pena muy grande”. No obstante, la batalla ya había comenzado: peleábamos con fiereza, con rudeza, con una violencia que parecía no tener freno.
Entonces sonó el silbato, como el pito del árbitro que detiene el juego. Al oírlo, todos los guardias se movilizaron y llegaron al lugar donde nos encontrábamos. Nos separaron. A aquel militar se lo llevaron al sector militar, y a mí me tomaron con calma y me dejaron ir sin más contratiempo hacia el sector donde estaban los presos políticos y comunes.
Al bajar las gradas de aquel sector, encontré un gran alboroto: tanto los presos comunes como los presos políticos estaban revueltos, dispuestos a todo. Habían escuchado los comentarios de lo sucedido y se preparaban para salir a ayudarme. En medio de aquella confusión, un compañero preso político se me acercó y me dijo: “Nosotros estábamos aquí pendientes, listos para defenderte”. Los presos comunes habían sacado sus sernas blancas, esos cercos que llaman machete cortado, y todos estaban dispuestos a enfrentarse, a protegerme.
Fue una de tantas veces -quizá la tercera- en que mi vida corrió verdadero peligro dentro de la prisión. Era la tercera ocasión en que me confrontaba con la violencia blanca, ya fuera de parte de presos comunes o militares. Pero allí quedó el asunto.
Horas después me llamó el comandante del penal, el director. Me llevó a la dirección y me preguntó qué había ocurrido, pues le extrañaba verme involucrado en semejante pleito. Yo, con un dejo de ironía, le respondí: “Pues quién comenzó la pelea fue este señor, bastante absurdo”.
Y la charla continuó amena y me propuso que le hiciera un trabajo. Yo le dije de que se trataba y el a su estilo me comenta.
-quiero que me pintes el escudo nacional en el portal de la entrada al penal.
Le dije sin vacilación que si, que le haría ese mural.
Ese día fue el inicio de mi traslado posterior al penal de Mariona y después al penal de Santa Ana.

