Que no se encienda la palabra.
Que la abra el filo
y rompa, sin remedio,
el aliento que habita
en la herida de la distancia.
Silencio, cielo,
sombra que pesa.
Silencio, amor,
abismo donde el eco muere.
No pronuncies mi nombre.
Ni con el párpado,
ni con el dedo,
ni con el hilo de tu sombra.
Porque la angustia vela,
porque la soledad abre su boca,
porque tu presencia es un cuchillo
que aún no ha cortado.
Callad.
Que nadie respire.
Que el aire no se atreva.
Que el silencio descienda
como losa,
como voto,
como lengua de ceniza.
Silencio, cielo.
No más.
Silencio.
aapayés

