Un caracol que mide su propio vértigo
la esquizofrenia
delictiva
de un beso que olvidó su boca.
Así,
a la vuelta del universo
-donde las horas pastan en reversa-
fluido de un verso
que es una sábana blanca
navegando en el oscuro
océano del silencio
debajo de la piel hay un piano en llamas.
El día se viste de parche sobre ojo ciego,
el desempeño
de una vida que siembra sus ojos
al mejor postor
del siniestro orgullo
-ese árbol que respira con los dientes-
que olvida
el perdón
y humilla la tentación
del amor
hasta convertirla en una lámpara de ceniza.
No preguntes.
No vociferes contra el eco que se come su propia cola.
Ni alucines ser feliz
con un poco de orgullo
en el bolsillo de la mentira,
donde las uñas del tiempo
tejen un río hacia arriba.
Qué torpe
leer a escondidas
el cuerpo desnudo
de ese amor que no te conoce
mientras los huesos
se desvisten de su nombre
y la noche
abre sus costuras
para mostrar un párpado vacío.
Nadie sabe que la herida es un espejo:
suaviza
la melancolía
como una araña
que teje su red
con la leche de un sueño deshabitado.
aapayés

