El amor es un deseo que no existe,
un rumor de ramas que nunca fueron,
una penumbra que se piensa a sí misma
en el centro vacío de un espejo.
No hay imagen, solo la idea de ser,
no hay silencio, solo el eco de
un silencio
que se dobla en la niebla.
Y el desierto es un sueño del desierto,
y la tristeza, un agua que no fluye
sino hacia adentro, hacia el hueso de la noche.
Pero si en esa grieta del olvido,
en el pliegue donde el tiempo se desangra,
tu mirada aparece
no como luz, sino como el recuerdo de la luz,
un fulgor que no alumbra sino que borra,
un perfil que se deshace en el umbral
donde la sonrisa es un pájaro de ceniza
y el canto de tu cuerpo se desnuda
en una lengua que no dice, que solo ondula,
entonces el instante es un laberinto
donde cada segundo se extravía
y tu presencia es la ausencia de la ausencia,
una daga de vértigo que me nombra
sin pronunciar mi nombre
frente al espejo
La vida es ese espejo que niega
su propia herida,
donde la sabiduría es un hilo roto
y el tiempo perdido germina en otra parte,
donde el cielo se abre como una boca
que traga las dificultades
y las devuelve como ceniza de alas.
Vivir es el temblor de lo que no ocurre,
el pulso de una llave sin cerradura,
la inquieta manera de ser sombra.
silencio
Y el espejo
es el bosque que canta su desierto interior,
merienda de luna y de vidrio,
sal de las horas que no pasan.
Pero si el silencio me hiende
como un hacha de espuma,
si no encuentro en tu cuerpo
un guiño de sueño,
una señal que no signifique nada
y lo signifique todo-
entonces que la niebla me devore,
que el eco se desangre en otros ecos,
porque este espejo es un un silencio roto
y solo arde si tu sombra
lo habita como un sueño
que sueña, que sueña.
aapayés

