Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

miércoles, 3 de junio de 2026

Relato XXII - La autodeterminación de ser fuerte










Regía la ley del más fuerte. Los mayores imponían su dominio, y los más pequeños vivían a merced de ellos. Nosotros, en cambio, contábamos con una frágil armadura: la protección de nuestros hermanos mayores, quienes nos defendían en los momentos de apuro.

Un día, mi hermano Manuel nos llamó a Txanba y a mí frente a la escuela. Era un lugar abierto, un mirador desde donde se abarcaba toda la geografía del hogar: el sector de las niñas, el comedor, el dormitorio femenino. A la vista estaban también la lavandería, la oficina de la monja encargada, la sala de música y, más al lado, el parque de la sala cuna, cercado con su malla ciclón. Se alzaba el pabellón de la enfermería, con su propio dormitorio y comedor. Los pinos y los zapotes mecían su sombra en un vaivén lento, y en el centro, el asta donde debía izarse una bandera que casi nunca subía, salvo cuando nosotros, en competencia feroz, trepábamos para ver quién llegaba más alto. Unos metros más abajo, el portón principal se abría ocasionalmente al mundo exterior: camiones, autobuses, visitas esporádicas.

Allí, sentados en ese lugar de aparente paz, Meme nos habló con una calma que nos heló:

-Quiero decirles que, de ahora en adelante, ya no los defenderé. No intervendré en los problemas que tengan, ni en los que puedan crear.

Txanba y yo intercambiamos una mirada silenciosa. No hubo más palabras, pero el peso de su declaración cayó sobre nosotros como una losa. El aire se llenó de un silencio espeso, cargado de inquietud.

Esa misma tarde, ya entrada la noche, durante el tiempo de juegos -fútbol, “cuilio y se largo”, “pecados”-, la nueva realidad se materializó. En una discusión con Richard, “el Pesetudo”, “el Chelé”, como le llamábamos, las palabras se agotaron y dieron paso a los golpes. Patadas, forcejeos, un combate rudo y sin testigos adultos.

Así comenzó mi autodeterminación. Aquella pelea fue el rito de paso: ya no dependía de Manuel. A partir de entonces, me defendería solo.

Desde ese día supe, con una certeza amarga y liberadora, que no permitiría que nadie volviera a golpearme, insultarme o humillarme en el Hogar del Niño.

aapayés