Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

martes, 24 de marzo de 2026

Relato XIV -El espejismo de ser libre








Tras días de ausencia, de existir solo como un rumor entre los muros, una mañana me extrajeron de las sombras y me arrojaron a una celda nueva. Una celda distinta: herida por la luz cruda. Los verdugos de siempre, con sus rostros tallados en la indiferencia, cumplían su ritual. Pero entre ellos emergía una figura distinta, ceñida en un uniforme militar, una estatua de autoridad y violencia. Fue él quien inició el aquelarre. Su primera pregunta, un cuchillo verbal:

-¿Por qué, en las manifestaciones, no cubrías tu rostro?

-Porque la Constitución me ampara -logré articular, con una voz que ya no me pertenecía-. Protestar no es delito.

No hubo más diálogo. Solo el súbito estallido de la bota en mi pecho, un golpe seco y matemático que me desprendió del suelo y me estampó contra la pared. El aire escapó de mis pulmones convertido en un gemido mudo. Entonces, su voz, cargada de un desprecio que era casi íntimo:

-Tienes razón, hijo de puta.

Otra patada, más profunda, más definitiva. El mundo se quebró y caí al suelo, ese universo de cemento frío. Allí continuó la ceremonia: golpes que eran preguntas, insultos que eran acusaciones. Sentí la suela militar oprimiendo mi rostro contra el piso, mezclando el sabor de la tierra con el de la sangre. Una furia metódica convertía mi cara en un campo de batalla. A gritos, exigía una confesión: si había participado en los atentados de semanas atrás en San Salvador.

Así transcurrió la mañana, un eterno presente martillado por la violencia.

De vuelta en la celda, el cuerpo era solo un conjunto de quejas. Días sin comer, sin dormir, sin agua que no fuera la del inodoro, un líquido amargo de humillación. Esa noche, nueva extracción. Me llevaron a otra estancia. Había un escritorio. Me sentaron en el centro, me quitaron la venda. El aire era denso por el metal de fusiles y pistolas apuntando a mis sienes. Frente a mí, un verdugo con el rostro cubierto y una cámara, su ojo de vidrio listo para capturar mi derrota. Me forzaron a firmar un papel en blanco, un pacto con la nada. Y en ese preciso instante de entrega, el fogonazo. La luz me atravesó, congelándome para siempre en un archivo anónimo.

Fue solo un momento. Luego, las sombras de nuevo.

Al día siguiente, me devolvieron mis ropas, trapos extraños que ya no me pertenecían. Por la tarde, después del mediodía, me sacaron sin explicación, sin destino. Me subieron a una camioneta pickup, y solo cuando rodábamos por la Avenida Juan Pablo II me quitaron la venda. El mundo exterior era un espectáculo desgarrador. Nos dirigíamos a los juzgados.

Me bajaron del vehículo, un náufrago en un mar de formalidad burocrática. Entré a la sala del Sexto Juzgado de lo Penal. Allí, entre murmullos y papeles, me enteré de la acusación: dos atentados contra Gabriel Ordoñes y Edgar Zeledon. Mi cuerpo era un testimonio de sed, debilidad y vértigo. Negué todo, con la poca voz que me quedaba. Supliqué ver a un médico antes de declarar, que alguien certificara las huellas de las cárceles clandestinas de la Policía de Hacienda.

No hubo compasión. Me trasladaron al penal de Mariona.

Y entonces, al cruzar el portón de la prisión, sucedió algo absurdo: sentí un aire de libertad. Fue una sensación puramente psicológica, un espejismo del alma. Tras la desaparición y los calabozos sin nombre de los escuadrones de la muerte, aquel penal, con su cielo abierto y su luz de sol, parecía un espacio de una amplitud desconcertante.

Pero el espejismo se disolvió con los días. La conciencia se asentó, pesada y fría: estaba preso. Comencé a sentir el peso psicológico de la prisión, esa pasión lenta y gris. En la celda donde me confinaron, encontré a otros presos políticos, entre ellos el hermano de Monseñor Rosa Chávez, hoy cardenal. Mariona era solo una estación de tránsito, un lugar donde respirar un instante antes de la dispersión. A mediados de agosto de 1989, en la quietud de la madrugada, vinieron por mí de nuevo. Me sacaron y me llevaron al penal de Sensuntepeque, en el departamento de Cabañas.

Pero esa historia…

aapayés